jueves, 31 de mayo de 2012

La Isla Misteriosa (#9)


-         Malditos idiotas... Mira que perderse... Hay que ver, siempre igual... – dijo Zoro antes de bostezar.

Estaba cansado de dar vueltas sin rumbo, por lo que se había recostado contra la pared en mitad de un pasillo. Aquel lugar era un maldito laberinto. Había un montón de pasadizos, todos iguales, y parecía que todos desembocaban en una sala donde había una gran mesa alargada, rodeada por sillas con un estilo muy recargado en los respaldos y asientos forrados con terciopelo. Había decidido recostarse en uno de los pasillos que llevaban a ese salón, comedor o lo que fuera, ya que tarde o temprano alguien tendría que ir allí, pero como no tenía ni idea de cuándo podría ser eso, no había nada malo en sentarse y tomar una pequeña siesta, ¿verdad?



Lo primero de lo que se percató Sanji al entrar en aquella pequeña aldea fue...  que no había mujeres a la vista. Ni niñas, ni adultas, ni ancianas. Ni una sola fémina. Además, los pocos hombres que podía ver... superaban los cuarenta años. Miró alrededor, a medida que se adentraba en el lugar, pero seguía sin haber ni rastro de alguna mujer u hombre joven. ¿Qué demonios sucedía en ese lugar?

Sintió que todos los que estaban fuera de las pequeñas chabolas le miraban. Mirándoles a su vez, se dio cuenta de que no había desconfianza en sus ojos debido a la aparición de un forastero en su hogar; más bien, lo que se podía ver en la mirada de los hombres, era simple curiosidad. Uno de ellos, que tenía pinta de ser un poco más joven que todos los demás, se acercó a Sanji. Iba vestido con unos pantalones y una simple camiseta de un desgastado color marrón. Tenía el pelo largo y despeinado y sus ojos negros le observaban con simpatía.

-         ¡Hola! No eres de por aquí, ¿verdad? – dijo el hombre, sabiendo perfectamente que era imposible que viviera por allí. En esa isla no había nada más que una aldea y Sanji estaba en ella ahora mismo.

-         No, no soy de por aquí – respondió Sanji dando una calada al cigarrillo - ¿Dónde estoy? Y lo que es más importante... ¿dónde están las mujeres? No se ve a ninguna por este lugar.

El hombre miró alrededor, con una pequeña sonrisa de disculpa.

-         No, no se ve ninguna, porque en esta isla no hay mujeres – soltó de golpe – Por cierto, me llamo Jam, ¿y tú, forastero?

-         Sanji - respondió prácticamente sin prestar atención. Su mente se había quedado atascada en la frase “porque en esta isla no hay mujeres”. Soltó el humo del cigarrillo despacio - Pero... eso es imposible... si vosotros estáis aquí... entonces...

Jam sacudió la cabeza, mirando al cocinero.

-         No es imposible... Como puedes ver, todos los hombres que hay aquí, los pocos que hay, son bastante mayores... Hace más de 20 años que una mujer no pisa esta isla.




Ari caminaba como un pato con el vestido de color azul celeste que llevaba y los zapatitos negros que se había puesto. Hacía bastante que no se ponía algo así, más o menos desde que se había ido a vivir con Ace, Sabo y Luffy. Cuando era más pequeña le gustaban, pero ahora que había descubierto que eran totalmente engorrosos a la hora de pelear o cazar, había dejado de usarlos y de pensar en ellos. No los necesitaba para vivir en el monte Corbo.

Se tocó con una mano el pequeño lacito que la chica del pelo naranja le había puesto en la cabeza. Miró hacia un lado y vio a la niña allí, todavía bastante renuente a permanecer en ese lugar, pero al menos ya no había nadie que la obligara a caminar o que la llevara a rastras. Se había puesto un vestido verde, con una cinta más oscura rodeándole la cintura y unos zapatos del mismo color. La chica morena no había podido cambiarse de ropa, debido a que llevaba las esposas puestas aún. Como los hombres no habían querido quitárselas, era la única que no se había puesto un vestido.

Ari sintió cómo sonaba su estómago. Estaba muerta de hambre, así que esperaba que le sirvieran la comida cuanto antes. No tenía ni idea de a dónde las estaban llevando y menos teniendo en cuenta que todo parecía ser un laberinto enorme. Los pasillos eran estrechos y de piedra, con pequeñas velas en candelabros colgados de las paredes que le daban un brillo sombrío al camino. Finalmente, se detuvieron en la desembocadura del pasillo, que llevaba hasta una sala donde había una mesa enorme de forma alargada y rodeada de tres sillas de aspecto extraño.

Los hombres de blanco, llevaron a las niñas hasta la mesa y las hicieron sentarse a cada una en una silla.

-         Esperad aquí. Ahora mismo os traerán la comida – dijo uno de ellos – Y no intentéis escapar, es prácticamente imposible salir de aquí si no conocéis el lugar – entonces se giró hacia uno de los suyos – Dile a Morebio que más le vale tener listo “eso” o no comerá en una semana. Si está listo, tráelo.

-         ¿Quién querría escapar? ¡COMIDA! ¡COMIDA! – exclamó Ari.

-         Idiota... – murmuró Nami sin mirarla y mirando, sin embargo, al hombre que había hablado. ¿Qué sería “eso” de lo que había hablado? ¡Lo sabía! Tenían pensado hacerles algo horrible, pero esa estúpida niña no dejaba de seguirles como un perrito solo porque le habían ofrecido comida.

Robin se limitó a hacer tintinear sus grilletes, de los que no podía deshacerse por más que lo intentara.

Al tiempo que los hombres que las habían llevado allí se iban, un par más entró llevando copas, platos y cubiertos, que dejaron frente a las niñas. Ari cogió un tenedor y lo miró con el ceño fruncido. ¿Cuánto hacía que no usaba un tenedor? ¡Ah, sí! Desde que se había mudado al monte Corbo... Caray, qué de cosas había dejado de hacer, pensó mientras dejaba el tenedor de nuevo en la mesa.

La niña se olvidó completamente de lo que estaba pensando en cuanto la primera bandeja repleta de comida fue depositada frente a ellas. Ari sintió que la boca se le hacía agua al oler el delicioso aroma que provenía de la bandeja. Antes de que nadie le dijera o pudiera hacer nada, extendió sus manitas y comenzó a coger comida a puñados para llevársela a la boca, sin ningún tipo de cuidado.

A medida que iban llegando más bandejas, Ari se iba sirviendo más y más comida con las manos. Nami y Robin la miraban boquiabiertas y no solo por los modales que estaba mostrando, o no mostrando, sino por la cantidad de alimento que estaba ingiriendo. La niña miró alrededor de la mesa, como buscando algo. Frunció el ceño y buscó con la mirada a uno de los hombres.

-         ¡No veo la carne! ¿Dónde está la carne? ¿Queda mucho para que la sirvan? – preguntó chupándose los dedos.

El extraño giró la cabeza hacia ella.

-         En esta isla, la ingesta de carne está terminantemente prohibida.


6 comentarios:

  1. ¿No hay carne? OH GOD WHY...
    xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
    Ari es un animal comiendo, xDDDDD I like it!

    En cuanto a lo de las mujeres... O más bien, en cuanto a su ausencia, no me quiero ni imaginar cómo estarán los hombres de la aldea, xDDDD.

    Ainss, nakama, qué ganas tenía de que volvieras *.*

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    1. JAJAJAJAJAAJAJ, no tienen permitido comerla... porque conseguirla pueden... que Ari ya ha comido lobo xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

      Sí, tía... es que ha estado viviendo en una chabola de bandidos... modales... lo que se dice modales... xDDDDDDDDDD Es como Luffy, joder xD

      JAJAJJAJAAJJA, como palos de churreros están todos xD Ya verás cuando vean a Nami, Robin y Ari xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

      Oins *.*

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  2. ¿Qué no hay carne? ¿Qué no se puede comer carne? Ari va a durar poco sentada... jajaja ya le veo pegándose con todos por no poder carne xDDDDD

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    1. JAJAJAJAJA, los va a matar a todos xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

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