miércoles, 18 de abril de 2012

La Isla Misteriosa (#3)


-         Te has vuelto a perder, viejo de las katanas – dijo Ari.

-         ¡Cállate! – exclamó Zoro – No me he perdido... Solo...

-         Te has perdido – repitió ella con un pequeño suspiro.

Llevaban más de una hora dando vueltas por ese bosque, incapaces de encontrar el camino hacia la playa, a oscuras, y ella no ayudaba mucho, ya que lo único que hacía era quejarse. Zoro llevaba a la pequeña a hombros, que había apoyado los bracitos sobre su cabeza y la barbilla sobre estos. Apenas notaba el peso de su pequeño cuerpo sobre su espalda, era realmente liviana. También la había “vestido”, es decir, que había enrollado a la niña en su faja roja y la había atado para que no se le cayera. No era mucho, pero al menos no iba correteando por ahí completamente desnuda.

Le llegó el sonido de un bostezo que venía Ari. Debía estar cansada, por lo que sería una buena idea buscar un sitio en el que descansar y seguir buscando al día siguiente. Zoro frunció el ceño mirando alrededor. Hasta ahora no se habían encontrado con ningún otro ser vivo, animal o persona, pero no podía confiarse.

-         Aaaaah... Tengo hambre – murmuró ella.

-         No tenemos nada para comer – dijo él.

-         Yo podría cazar algo – dijo la pequeña bostezando de nuevo.

-         No puedes ni tenerte en pie, enana.

-         ¡Porque tengo las piernas cortas! – exclamó ella indignada.

-         ¿Eso qué tiene que ver?

-         ¡Me canso rápido!

-         Soy incapaz de seguir tu razonamiento... da igual que tengas 7 ó 19 años... – murmuró él, sacudiendo la cabeza levemente.

-         Sigo teniendo hambre – se quejó de nuevo.

Zoro suspiró exasperado. Levantó los brazos y cogió a la pequeña por las axilas. La bajó de sus hombros y la puso de frente, cara a cara.

-         Si busco algo que podamos comer... ¿te callarás? – le dijo.

Ella sonrió ampliamente, dejando al descubierto dos diminutas hileras de dientes.

-         ¡Claro! ¡Comida! ¡Comida! – gritó ella agitando las piernecitas en el aire.

El espadachín dejó a la niña sobre un tronco cortado. Ella le miró con los grandes ojos brillantes por la emoción, sonrió de nuevo y buscó un palo por los alrededores, pero era difícil ver en la oscuridad, así que no encontró ninguno.

-         No te muevas de aquí, ¿de acuerdo? – dijo entonces él.

-         ¿Quéeeeeeeeeee? ¡Voy contigo!

-         ¿Ah? ¿Estás loca? ¡Ni en broma! Eres una auténtica molestia... espantas a todos los animales con tus quejas.

-         ¡Pero te perderás!

-         ¡No me voy a perder! – exclamó Zoro malhumorado.

Ari hinchó los mofletes, enfadada porque quisiera dejarla atrás, se giró y se bajó del tronco para echar a andar en dirección contraria a la que estaba Zoro.

-         ¿A dónde demonios vas ahora, mocosa?

-         Ya no quiero ir contigo, viejo de las katanas. No eres nada divertido. Buscaré a mis hermanos por mi cuenta – dijo Ari alejándose de él con los bracitos cruzados sobre la faja que le había prestado.

Zoro se llevó las manos a la cara y se frotó los ojos con gesto cansado. Tratar con esta Ari era incluso peor... Con la otra tenía la certeza de que, al menos, sabía defenderse sola. Por enésima vez se preguntó qué demonios había ocurrido, por qué Ari de repente era una niña sin ningún tipo de recuerdo sobre lo que había ocurrido en un pasado cercano. Era como si hubiera vuelto a su infancia tal y como era.

Con una maldición, echó a andar detrás de ella. No podía dejarla sola. Antes de poder alcanzarla, ella volvió a él, corriendo despavorida y gritando.

-         ¡WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDEEEEEEEEE! ¡ACEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! ¡ACEEEEEE! ¡LUFFYYYYY! ¡SABOOOOOOOOOOOO! ¡ALGUIEEEEEEEEEN! ¡ME QUIERE COMEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER!

La pequeña chocó con sus piernas y cayó de culo al suelo. Zoro miró hacia abajo y vio que ella le miraba con los ojos llenos de lágrimas. El sonido de arbustos moviéndose y de pisadas, hizo que levantara la cabeza de nuevo. Frente a ellos, había un lobo negro enorme, que gruñía y enseñaba los dientes, dispuesto a abalanzarse sobre ellos a la mínima provocación. Otros dos lobos aparecieron tras el primero y se colocaron a su lado.

-         ¡Hay más! ¡Hay más! ¡Hay más! ¡Hay más! – gritaba Ari asustada, abrazándose a las piernas de Zoro.

-         Oooooh... así que quieren jugar – dijo este sonriendo y llevando la mano a una de sus katanas – Pues juguemos.




Ari se quedó dormida justo después de cenar. Se había quedado dormida acurrucada en el regazo de Zoro, que descansaba la espalda contra un árbol, al lado de la hoguera que habían hecho. El espadachín fingió no darse cuenta de la ironía de la situación... por haber huido para no dormir con ella... había terminado haciendo eso mismo. Con una mano acarició el pelo corto de la pequeña, que era tremendamente suave. Con ese aspecto, el contraste entre ellos era aún mayor, ya que la enana estaba prácticamente oculta por los brazos de Zoro, que hacía lo que podía para que ella no tuviera frío.

Sonrió de medio lado al recordar cómo había salido corriendo de los arbustos, asustada por estar siendo perseguida por el lobo. ¿Y ella decía que podía cazar? Sacudiendo ligeramente la cabeza, miró la carita de Ari y suspiró. ¿Por qué ese maldito sentimiento, que le atormentaba desde que Ari se había unido a la banda, no lo abandonaba ni en esos momentos?

Definitivamente, lo que quedaba de noche iba a ser muy larga...


4 comentarios:

  1. Oinnssss Zoro, qué mono, por Dios!!! *.*

    Ari: sé cazar, pero me asusto cuando veo animales... -.-'
    Porque es una niña, que si no... xDDDD

    Grandioso nakama!

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    1. Jajajaja, adoreibol *.* Me encanta mi Zoro jajaajaj

      Pobrecilla... no te metas con ella :_ Solo se hace la dura, pero no deja de ser una niña jajajaja

      No exageres, nakamilla xDD

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  2. jajaja Me encanta Zoro... *.*
    eso sí... Ari es única... xD Me encanta... xD Mira que es mona de peque... xDDD

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    1. A mí también me encanta *.* Es tan adorable *.*
      Jajajaja, no es tan única, realmente... Luffy es igual xDDDDDDD

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